Hace casi cien años, el educador Omar Dengo invitó a los jóvenes costarricenses a cumplir con el “deber moral de ser inteligentes” y hacer política del modo adecuado a través de dos tareas ciudadanas ineludibles: la formación de opiniones críticas y el interés por los asuntos patrios.
Los albores del siglo XXI constituyen la mejor oportunidad para atender dicho llamado y es justo añadir la misión de honrar a las generaciones precedentes, cuyos legados hemos aprovechado en las últimas décadas. Llega el momento de retribuir y trazar el mejor camino posible para el futuro del país.
Sin importar cuán grande el descontento o escepticismo hacia los políticos de turno o las decisiones de actuales gobiernos, estamos en la obligación de atender los problemas nacionales de cualquier índole. Para lograrlo, no hace falta ostentar cargos públicos; ni siquiera resulta necesario tener aspiraciones de tal naturaleza.
Es posible lograr un cambio sustancial en el manejo de las cosas públicas siendo mejores ciudadanos. Colaborar con las escuelas o municipios locales; plantear ideas para fortalecer la seguridad de nuestros barrios; promover la culturización de quienes nos rodean, son escasos ejemplos de lo que se puede lograr desde el ámbito privado.
La Costa Rica de hoy no requiere de caudillos o gamonales que prometan salvaciones cada cuatro años. Sin embargo, para combatir sus problemas torales está en necesidad de generaciones comprometidas con su historia y sus destinos, que presten atención a posibles soluciones desde sus propios hogares.
Olvidemos la idea de estar en casa criticando y a la espera que el Estado resuelva toda clase de situaciones, incluyendo algunas de carácter particular. En contraposición, participemos de las cuestiones cívicas con orgullo. Dediquemos parte del día a considerar diferentes formas de proyectarnos en la comunidad.