En medio del letargo que se vive en el país desde
hace algunas décadas, es preocupante la manera en que nos hemos acostumbrado a
vivir aceptando y presumiendo de ciertos mitos sobre la imagen del país, sin
detallar sobre cuán certero es que éstos se cumplan en la vida diaria de
nuestra nación. Dos concepciones que solemos reputar como ciertas, sin serlo, queremos
destacar en esta opinión:
EDUCACIÓN.
Se ha repetido hasta el cansancio que en Costa Rica se abolió el ejército como
institución permanente para destinar más fondos a la educación. Haber rechazado
las tendencias castrenses típicas de la región latinoamericana, siempre será un
logro encomiable. En aquel entonces, no fue un gesto extraño, si se considera
que desde los primeros años de vida independiente, las instituciones cívicas
recibieron marcadas influencias de al menos cinco educadores de primer nivel. Hablamos
de Julián Volio, Mauro Fernández, Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge y
Omar Dengo.
En 1948, el país podía presumir de haber consagrado
la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza primaria desde 1869. Pero hoy, en la modernidad del siglo XXI ¿Cuál
es el escenario de la educación pública costarricense? Uno muy absurdo y
dispar. En medio de las protestas del pasado 25 de junio, el señor Gilberto Cascante, Presidente de la Asociación Nacional de Educadores, (Entrevista ¿Por qué marcha la gente?) habló en nombre de docentes de todo el territorio
nacional, para expresar su frustración ante el deterioro constante que han
sufrido los centros educativos estatales. En su mayoría, éstos carecen de la
infraestructura básica (cielorrasos, baños, lavatorios) y ni qué decir de las
herramientas tecnológicas, imperativas en la actualidad. A vista y paciencia de
todos, la brecha con la educación privada crece de forma exponencial.
Mientras en varios centros educativos privados los
estudiantes tienen computadoras y tabletas electrónicas desde el día uno (sin
que esta observación implique un elogio a dicha tendencia), en los recintos
estatales los maestros batallan por adquirir los instrumentos básicos para
impartir una lección.
Siéntanse invitados los lectores, de acudir a las
escuelas y colegios públicos para verificar esta palpable calamidad. Ni
siquiera aquellos lugares emblemáticos, como el Liceo de Costa Rica, se han
librado del inminente deterioro. ¿Podemos seguir afirmando que cumplimos las
metas propuestas en esta materia, hace más de sesenta años?
AMBIENTE.
A
escasos días del Día Mundial del Ambiente, ocurrió un evento trágico que
merecía decretar el duelo nacional. El joven conservacionista Jairo Mora fue
asesinado en Limón, en las playas por cuya protección velaba. Este homicidio fue, en palabras de Jorge
Vargas Cullell (Columna Enfoque. 6 de junio), un atentado contra el Estado como orden público. Más preocupante aún, demostró que las
autoridades políticas del país están perdiendo la dirección de una de las pocas
cosas sobre las que todavía mantenían control: La capacidad básica, esencial,
de preservar el orden público.
Además de alertarnos sobre la situación de inseguridad
que se atraviesa, la muerte de Jairo Mora provocó que adalides de las causas
ambientales manifestaran su disconformidad
con el mito del ambiente, afirmando que en Costa Rica se vive una mentira
verde (Edición del períodico La Nación. Día del Ambiente). Al respecto, el profesor Jorge Lobo, Doctor en Biología de la UCR,
escribió que la “verdad de nuestra imagen
verde debe ser conocida, porque la ciudadanía y el mundo pueden pensar que
nuestro ambiente y biodiversidad están a salvo. Nada más falso”. El
destacado ecólogo, Daniel Janzen, expresó con voz positiva, que Costa Rica
todavía está a tiempo, y urgió la necesidad de estimular e incentivar la
formación de defensores de la naturaleza.
Ahora bien, algo resultó muy claro el pasado 5 de
junio: De no ser el suceso deplorable que describimos, que obligó a abrir los
ojos, el Día Mundial del Ambiente hubiese
transcurrido una vez más exento de críticas, en medio de presunciones y
mentiras. En este sentido, cabe preguntarnos ¿cuántas historias sobre la vida
nacional dejaremos desarrollarse, sin verificar si éstas de verdad se cumplen?
ALGO
QUE NO ES UN MITO. Dentro de los múltiples aspectos que
hacen del futuro de Costa Rica una causa que amerita todos nuestros esfuerzos,
hay una virtud de la que goza esta nación, que dista mucho de ser una falsedad. Nos referimos a su estabilidad política. La tradición
civilista de nuestro país, es su mejor baluarte y ahí radica su potencial.
Incluso en algunos de los territorios más antiguos
del mundo, el orden continúa siendo una quimera. A partir del año 2010, hemos sido testigos de
la ola de revoluciones y protestas que se han desarrollado en el mundo árabe. A
la fecha, la mayoría de los países que desencadenaron movimientos ciudadanos en
sus territorios, no han logrado cesar los enfrentamientos bélicos. A la fecha, cada minuto, la región sigue siendo una hecatombe.
Costa Rica, inmerso en una región de conflictos, ha
sido un oasis en la protección de los derechos humanos. Ningún costarricense
que haya nacido en los últimos sesenta años ha presenciado un conflicto armado
en su territorio. Eso es una realidad indiscutible de la vida democrática del
país.
Meditar sobre
lo que implica vivir en un país con estabilidad política, con la seguridad de
no estar expuestos al rompimiento del orden constitucional, debería ser
suficiente para impulsarnos hacia la búsqueda de consensos y la solución de
problemas. La reflexión, sobre una verdad perceptible con solo salir de casa, es anteponerse al caos que podría alcanzarnos de no enfrentar los retos que se
están gestando, cada vez con más fuerza.
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