miércoles, 3 de julio de 2013

Anteponerse al caos.

En medio del letargo que se vive en el país desde hace algunas décadas, es preocupante la manera en que nos hemos acostumbrado a vivir aceptando y presumiendo de ciertos mitos sobre la imagen del país, sin detallar sobre cuán certero es que éstos se cumplan en la vida diaria de nuestra nación. Dos concepciones que solemos reputar como ciertas, sin serlo, queremos destacar en esta opinión:  

EDUCACIÓN. Se ha repetido hasta el cansancio que en Costa Rica se abolió el ejército como institución permanente para destinar más fondos a la educación. Haber rechazado las tendencias castrenses típicas de la región latinoamericana, siempre será un logro encomiable. En aquel entonces, no fue un gesto extraño, si se considera que desde los primeros años de vida independiente, las instituciones cívicas recibieron marcadas influencias de al menos cinco educadores de primer nivel. Hablamos de Julián Volio, Mauro Fernández, Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge y Omar Dengo.

En 1948, el país podía presumir de haber consagrado la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza primaria desde 1869.  Pero hoy, en la modernidad del siglo XXI ¿Cuál es el escenario de la educación pública costarricense? Uno muy absurdo y dispar. En medio de las protestas del pasado 25 de junio, el señor Gilberto Cascante, Presidente de la Asociación Nacional de Educadores, (Entrevista ¿Por qué marcha la gente?) habló en nombre de docentes de todo el territorio nacional, para expresar su frustración ante el deterioro constante que han sufrido los centros educativos estatales. En su mayoría, éstos carecen de la infraestructura básica (cielorrasos, baños, lavatorios) y ni qué decir de las herramientas tecnológicas, imperativas en la actualidad. A vista y paciencia de todos, la brecha con la educación privada crece de forma exponencial.

Mientras en varios centros educativos privados los estudiantes tienen computadoras y tabletas electrónicas desde el día uno (sin que esta observación implique un elogio a dicha tendencia), en los recintos estatales los maestros batallan por adquirir los instrumentos básicos para impartir una lección.

Siéntanse invitados los lectores, de acudir a las escuelas y colegios públicos para verificar esta palpable calamidad. Ni siquiera aquellos lugares emblemáticos, como el Liceo de Costa Rica, se han librado del inminente deterioro. ¿Podemos seguir afirmando que cumplimos las metas propuestas en esta materia, hace más de sesenta años?

AMBIENTE. A escasos días del Día Mundial del Ambiente, ocurrió un evento trágico que merecía decretar el duelo nacional. El joven conservacionista Jairo Mora fue asesinado en Limón, en las playas por cuya protección velaba.  Este homicidio fue, en palabras de Jorge Vargas Cullell  (Columna Enfoque. 6 de junio), un atentado contra el Estado como orden  público.  Más preocupante aún, demostró que las autoridades políticas del país están perdiendo la dirección de una de las pocas cosas sobre las que todavía mantenían control: La capacidad básica, esencial, de preservar el orden público.

Además de alertarnos sobre la situación de inseguridad que se atraviesa, la muerte de Jairo Mora provocó que adalides de las causas ambientales  manifestaran su disconformidad con el mito del ambiente, afirmando que en Costa Rica se vive una mentira verde (Edición del períodico La Nación. Día del Ambiente). Al respecto, el profesor Jorge Lobo, Doctor en Biología de la UCR, escribió que la “verdad de nuestra imagen verde debe ser conocida, porque la ciudadanía y el mundo pueden pensar que nuestro ambiente y biodiversidad están a salvo. Nada más falso”. El destacado ecólogo, Daniel Janzen, expresó con voz positiva, que Costa Rica todavía está a tiempo, y urgió la necesidad de estimular e incentivar la formación de defensores de la naturaleza.

Ahora bien, algo resultó muy claro el pasado 5 de junio: De no ser el suceso deplorable que describimos, que obligó a abrir los ojos,  el Día Mundial del Ambiente hubiese transcurrido una vez más exento de críticas, en medio de presunciones y mentiras. En este sentido, cabe preguntarnos ¿cuántas historias sobre la vida nacional dejaremos desarrollarse, sin verificar si éstas de verdad se cumplen?  

ALGO QUE NO ES UN MITO. Dentro de los múltiples aspectos que hacen del futuro de Costa Rica una causa que amerita todos nuestros esfuerzos, hay una virtud de la que goza esta nación, que dista mucho de ser una falsedad. Nos referimos a su estabilidad política.  La tradición civilista de nuestro país, es su mejor baluarte y ahí radica su potencial.  

Incluso en algunos de los territorios más antiguos del mundo, el orden continúa siendo una quimera.  A partir del año 2010, hemos sido testigos de la ola de revoluciones y protestas que se han desarrollado en el mundo árabe. A la fecha, la mayoría de los países que desencadenaron movimientos ciudadanos en sus territorios, no han logrado cesar los enfrentamientos bélicos. A la fecha, cada minuto, la región sigue siendo una hecatombe.

Costa Rica, inmerso en una región de conflictos, ha sido un oasis en la protección de los derechos humanos. Ningún costarricense que haya nacido en los últimos sesenta años ha presenciado un conflicto armado en su territorio. Eso es una realidad indiscutible de la vida democrática del país.

Meditar sobre lo que implica vivir en un país con estabilidad política, con la seguridad de no estar expuestos al rompimiento del orden constitucional, debería ser suficiente para impulsarnos hacia la búsqueda de consensos y la solución de problemas. La reflexión, sobre  una verdad perceptible con solo salir de casa, es anteponerse al caos que podría  alcanzarnos de no enfrentar los retos que se están gestando, cada vez con más fuerza.


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