Basta leer las noticias cada día para evaluar la dinámica social que elucubra una mezcla de tonos entre el
espíritu proactivo de miles de personas que han tomado el deber y la responsabilidad en sus manos; aunado desafortunadamente, a una
creciente desesperanza
de
que en Costa Rica puedan lograrse cambios coyunturales.
Principalmente, porque las noticias sobre el desempeño del gobierno
central y gobiernos locales en las últimas décadas francamente
desanima, lo que tiene entre sus consecuencias, la confusión de los
deberes como sociedad.
Aunque
es una buena práctica retomar lo positivo ante lo negativo, no
podemos evitar que noticias sobre la situación social del país
recorran como torbellino de preguntas: ¿Qué nos ha hecho
estancarnos en la imagen y realidad tercermundista teniendo los
recursos que tenemos? ¿Qué hace que un país de casi cinco millones
de habitantes no pueda surgir como un país desarrollado? ¿Que hace
que una Asamblea Legislativa, un gobierno como un todo y tantas
organizaciones no gubernamentales, entre otros, no logremos trabajar
al unísono por el ideal de un proyecto llamado “país
desarrollado”, con crecimiento positivo de índices sociales y de
investigación científica, con inversiones que nos saquen de los
grandes socavones de la mediocridad o el subdesarrollo? Muchas
personas por sentido común o por su alta preparación (que abundan
en nuestro país) podrán darme respuestas concretas o bien, quedarse
en la resignada y muy usada respuesta de que “en Costa Rica no se
puede gobernar”. Sin embargo, cuando reflexionamos en estos
aspectos, no es posible que sigamos basados en la idea de que no se
pueden lograr cambios estructurales, especialmente en un país con el
potencial devengado de la historia como nación.
Los
costarricenses hemos sido testigos de que los buenos principios, el
empeño por salir adelante y la solidaridad fueron las claves que
marcaron la historia del país, ya que muchas personas con gran
visión y dedicación direccionaron el desarrollo y el auge en la
economía de esta pequeña región. Nos hemos erguido al comentar que
somos un país sin ejército, que somos ejemplo internacional de
programas de conservación de la naturaleza y desarrollo en la
educación (al menos este es el discurso colectivo). Lo mismo
aplicaría en lo referente a los aspectos negativos de aquellos que
con un discurso silencioso lleno de antivalores han hecho que estemos
y vayamos decreciendo en índices de desarrollo social, creciente
corrupción, proyectos ineficientes, falta de solidaridad y
cooperación de esos representantes que un día se propusieron la
gran tarea de llevar las riendas del país. Si bien es una labor de
admirar porque casi que de ellos depende el futuro de todo un país,
no debemos olvidar que es su trabajo, y por ello reciben un salario.
Por ello deben dar cuentas. Es una responsabilidad de todo el país
que la sociedad funcione de manera eficiente, mas nuestros
representantes llevan gran parte de ese deber y responsabilidad
porque así lo escogieron, y en algunos casos, porque el pueblo les
compartió ese deber. Trabajo por el que entonces deben cuentas, y
sobre todo, mostrar respeto a quienes representan.
¿Las
consecuencias de la falla en la planificación, falta de acciones o
de malas acciones? Innumerables, pero resalto la falta de
planificación como base para el éxito de los proyectos, la falta de
acciones concretas para mejorar la calidad de vida del ciudadano como
son mejores vías, transporte público, sistema de salud y el aumento
del salario mínimo en un país donde el costo de la vida cada día
se asemeja al de países desarrollados que sí tienen salarios
acordes a esos niveles. Aún más, la falta de una lucha coherente por
un país desarrollado que acabe con el letargo en el desarrollo de
infraestructura, y que clarifique la viabilidad de vernos muy por
encima de donde hoy estamos.
Desde
la perspectiva de la administración exitosa de proyectos, no se
acepta que nuestro país no pueda ser más eficiente en todo su
sentido. Si bien para cumplir ese alcance tenemos una serie de
objetivos y metas que en su ciclo organizativo cuentan además con
una cartera de proyectos vitales alimentados de sub-proyectos, es
difícil aceptar la razón de los indicadores tan
desesperanzadores en el alcance de los proyectos. De acuerdo con
algunas definiciones un proyecto es un “conjunto de objetivos,
políticas, metas y actividades a realizar en un tiempo y espacio
dados, con
determinados recursos”. Entonces llegamos al punto clave de
valorar: ¿Cuáles acciones determinan el cumplimiento de estas
metas? ¿Cuáles indicadores se utilizan para saber que los objetivos
y metas son alcanzables? ¿Están en constante evaluación las
acciones que llevarán a obtener los resultados en el tiempo y
calidad estimados durante la planificación?
¿Hacia dónde van nuestros proyectos y políticas de desarrollo?
¿Cómo podemos los costarricenses contribuir en la mejora continua
según nuestras responsabilidades ciudadanas?
Estamos
buscando soluciones porque la desesperanza y el desorden se están
aliando a una negatividad colectiva que solo va en detrimento de la
sociedad. Semana tras semana se oyen propuestas, gente que refleja la
educación por la que algunos líderes apostaron hace ya muchas
décadas, pero el gobierno hace caso omiso, y es negligente a buscar
el punto de cambio necesario en la dirección de toma de decisiones.
Así esta tan admirada quimera llamada democracia se pierde en el
ocaso a la luz de la corrupción, el desorden y la falta de voluntad.
Mientras un pueblo se amalgama entre histeria, desesperanza y de vez
en cuando en voces de aliento. Debemos pasar de la reflexión a la
acción y esto implica ¡trabajar coherentemente por ello! Y la base
debe estar en la honesta planificación. Y desde esta vorágine, una
frase de Ernesto Sábato que bien puede aplicar a la urgencia de la
buena planificación: si
nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha
legitimado la muerte silenciosa.
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