La función pública tiene la doble misión
de administrar la riqueza de la nación e incrementar ese valor. Si nos
limitamos solamente a la primera tarea, con el tiempo se corroe, degrada y
disminuye lo que fue creado por nuestros antepasados. ¿Estamos creando valor o
solamente administrando el que fue creado el siglo pasado?
El Estado es un buen ejemplo de la
tragedia de los comunes: al no pertenecerle a nadie, depende de la custodia de
la nación, la cual ejerce su soberanía eligiendo representantes de turno para
que gestionen dicha custodia, que se refiere tanto a la administración como a
la creación de nuevo valor.
La gestión pública es compleja y
complicada. Requiere, en parte, resolver los problemas que se acarrean desde
tiempo atrás. Además, debe velar por los problemas actuales, sobre todo
aquellos que son periódicos e incluso cotidianos. Encima de ello, debe ser
capaz de visualizar escenarios futuros de los conflictos presentes e imaginar
soluciones que los transformen eficazmente con una visión de prosperidad que
sea comunicada a la ciudadanía en busca de adeptos, aportes voluntarios y
generación de confianza.
Paralelo a esta titánica tarea, el
Estado debe ser capaz de reformarse a sí mismo, de actualizarse a los tiempos,
de corregir fallas sistémicas que mejoren su quehacer y lo conviertan en una
organización más eficaz para satisfacer las necesidades de la población.
Por si fuera poco, el Estado está
constreñido por el principio de legalidad, que exige al funcionario público
hacer sólo aquello que esté expresamente mandado por ley. En parte, en esto
hemos fallado cuando personas del ámbito privado asumen puestos públicos y
continúan comportándose como sujetos privados regidos por el principio de
autonomía de la voluntad, que permite hacer todo aquello que no esté
expresamente prohibido en la ley. Hay una enorme diferencia entre ambos y en las
implicaciones que de ellos se derivan. Al principio de legalidad lo acompaña la
obligación de velar por los asuntos públicos, y ello también implica
reconstruir, regenerar e innovar el Estado para esta y las generaciones venideras.
Quizás no haya necesidad de ahondar
mucho en el diagnóstico de situación del sistema político costarricense actual.
Baste con incorporar en la ecuación la creciente animadversión de la ciudadanía
por la gestión pública, la virtual inoperancia del aparato estatal, y la
incapacidad de siquiera conversar, como pueblo, acerca de los escenarios que
querríamos ver realizados en veinticinco años -allá por el 2040- para
comprender que nuestro país está sumido en la peor crisis sistémica desde 1948.
Ello debe llamar a la reflexión
sensata y sosegada para pronosticar qué sucedería si no hacemos nada al
respecto y continúa degradándose la cosa pública. Debe conducirnos, además, a
la comprensión de que el deterioro de los asuntos públicos nos afecta directa y
negativamente en el ámbito familiar y privado, pues es de la riqueza y
bienestar colectivos de los cuales derivamos riqueza y bienestar individuales.
Finalmente, y más importante que
todo, debe llevarnos a la colaboración sinérgica para la creación de nuevo
valor colectivo, lo cual es responsabilidad de todo ciudadano,
independientemente de si ejerce la función pública o es sujeto privado. La
sinergia sólo es posible si generamos y promovemos confianza sostenida y sostenible
entre la administración, que se refiere tanto al gobierno como al aparato
estatal, y el pueblo, que es el que realmente crea el valor que enriquece al país.
Regenerar esa confianza debería ser el objetivo número uno de toda legislatura,
de todo gabinete, de todo líder público o aspirante, de todo partido político,
de todo centro de pensamiento y de toda tertulia en cada sobremesa familiar o
de amigos.
Sin lugar a dudas, estamos ante un
gran conflicto y este nos pertenece. No le podemos delegar su solución a otros,
ni responsabilizar a nuestros padres ni heredarlo a nuestros hijos.
No querríamos llegar a los años 2030
y 2040 sintiendo lo que sentimos hoy, que en los veinte años que transcurrieron
desde finales del siglo pasado hasta hoy hemos avanzado menos de lo que podría
haber sido. Podemos más. Merecemos más. Lo que debemos preguntarnos a
partir de hoy es si queremos más; si creemos que es posible ver el cambio antes
de que crezcan nuestros hijos; y ante todo, si podemos inspirarnos como nación
para ser líderes y gestores de la transformación que urgentemente pide a gritos
nuestro sistema.
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